sábado, 27 de enero de 2018

Algunos finales son felices, otros necesarios.


La vida es una consecución de puntos, algunos permiten comenzar un nuevo párrafo relacionado con el anterior y otros cierran un capítulo. También hay puntos finales que culminan libros. A veces esas historias nos dejan con un buen sabor en la boca, otras veces son amargas. Por desgracia, no todos los finales son felices, también hay finales necesarios.


Hay momentos en la vida, ya sea en el ámbito personal o profesional, que la realidad nos dicta que debemos armarnos de valor y poner el punto final. Si no lo hacemos, seguiremos inmersos en una situación destructiva que solo puede empeorar.


Finales difíciles, pero necesarios


Existen muchísimas situaciones en las que necesitamos poner punto final y pasar página:


- Una relación de pareja que encalló desde hace mucho tiempo.


- Un sueño que tiene escasas posibilidades de materializarse.


- Un empleo que nos genera una profunda insatisfacción.


- Una persona tóxica que no está dispuesta a cambiar.


- Los lazos familiares que nos ahogan.


- Los vínculos sociales que nos aprietan demasiado fuerte.


Sin embargo, en ocasiones, aunque la realidad es dolorosa y evidentemente dañina, nos resulta difícil poner ese punto. ¿Por qué?


Las excusas son variadas, pero la causa siempre es una: el miedo.


- Miedo a cómo reaccionará esa persona y a la confrontación.


- Miedo a qué pueden pensar los demás de nosotros por haber tomado esa decisión.


- Miedo a lo desconocido, a salir de la zona de confort que hemos creado.


- Miedo a abandonar viejos hábitos que, si bien son dañinos, nos reportan una ilusoria sensación de seguridad.


- Miedo a equivocarnos, a tomar una decisión incorrecta de la que después nos arrepintamos.


- Miedo a sufrir, a no ser capaces de sobrellevar el cambio y derrumbarnos.


- Miedo al futuro y a tener que construir un nuevo comienzo.


Independientemente de cuál es tu mayor temor, antes o después tendrás que asumir que algunos finales son necesarios, por tu propio equilibrio emocional. Los finales forman parte de la vida, son una fase, como las estaciones del año. Por tanto, debemos ser capaces de reconocer cuándo algo ha terminado y necesitamos pasar a la próxima temporada.


Imaginar que nuestra vida es como un árbol nos ayudará a entender mejor los finales necesarios. Los jardineros podan un rosal por tres razones:


1. El arbusto está produciendo más botones de los que puede sostener, por lo que es necesario eliminar algunos para que los otros tengan más recursos para florecer.


2. Algunas ramas y capullos están enfermos y no se van a recuperar, por lo que es imprescindible eliminarlos para salvar el rosal.


3. Algunas ramas y rosas ya han muerto y están absorbiendo energía innecesariamente de la planta, afectando su crecimiento.


Si aplicamos esta idea a nuestra vida nos daremos cuenta de que a lo largo del tiempo podemos ir acumulando demasiadas relaciones, intereses, actividades, compromisos… que consumen todo nuestro tiempo y energía. Debemos aceptar que a veces simplemente no podemos con todo y tenemos que cerrar algunos capítulos para poder disfrutar de las cosas y las personas que realmente nos importan. A veces tenemos que hacer una poda preventiva, apostar por menos para disfrutar más.


Otras veces tenemos que hacer una “poda de curación”. Se trata de esas relaciones, lugares y cosas que han muerto desde hace mucho tiempo, en el sentido metafórico del término, por lo que solo nos queda dejarlos ir.


Hay un punto en el que simplemente debemos aceptar que hemos intentando todo con esa persona para que cambie, pero no ha surtido efecto. O que lo hemos probado todo en el trabajo y aún así las cosas no han funcionado. Debemos comprender que hay un momento para perseverar y otro para desistir, que algunos finales son felices y otros simplemente necesarios.


Una técnica infalible para saber si es necesario poner punto final


Si desde hace tiempo te estás planteando finalizar algo pero no te atreves a dar el último paso, una técnica que te ayudará a decidirte consiste en imaginar cómo será tu vida dentro de dos o cinco años si todo sigue igual o empeora. Imagina cómo te sentirás y cuáles serían los resultados de no poner punto final ahora mismo.


Si aún te aferras a la esperanza, pregúntate si tiene una base sólida o está construida sobre arenas movedizas. ¿Esa esperanza es racional o se trata de un mecanismo de defensa para no abordar el problema?


Si no te gusta el escenario que se vislumbra ante ti, toma el lápiz más grande que encuentres y dibuja ese punto final. Ante ti se abrirán otros capítulos que aún debes escribir.


Rincón de la Psicología

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