lunes, 11 de febrero de 2019

SÓLO NOS DUELE AQUELLO QUE PERMITIMOS QUE NOS DUELA


En mi opinión, en general desatendemos bastante la solución definitiva a un asunto tan doloroso y que causa tan graves consecuencias como es el hecho de permitir que nos afecten tanto las cosas con las que otros nos ofenden.

Hay palabras, con intención de insultar, que emiten otras personas acerca de uno mismo y consiguen molestarnos y alterarnos hasta el punto de sacarnos de nuestras casillas y encolerizarnos.

Si hay verdad en ese insulto hay que admitirlo, puesto que tiene razón, y no darle más importancia. Es una realidad que ya conocíamos y que, se supone, estamos tratando de subsanar.

Si no hay verdad en su insulto y sólo lleva la intención de hacer daño, entonces es un error nuestro permitir que lo que es solamente una opinión del otro, que es totalmente incierta porque exclusivamente se basa en su juicio equivocado y en su perversa intención de dañar, si nos ofendemos estamos cayendo ingenuamente en el juego malvado con el que pretende hundirnos.

Si nos enojamos porque nos altera con su comportamiento o sus palabras, habrá logrado su objetivo, así que la mayor afrenta que le podemos hacer a quien pretende lastimarnos es no permitir que nos haga daño. Quedarnos indiferentes impidiendo que nuestro presuntuoso ego herido muestre su ira. A fin de cuentas, conocemos nuestra verdad y es más importante lo que sabemos nosotros que lo que opinen los demás.

Las palabras sólo tienen el valor que les queramos adjudicar (y usaré el tópico de siempre: la palabra cuchillo no corta, la palabra agua no quita la sed), así que cualquier palabra que empleen contra nosotros no es más que una sucesión de letras sin entidad y sin vida.

La intención del otro sólo causará efecto si permitimos que lo haga. Si uno controla sus impulsos agresivos, y si desoye a su orgullo herido, perfectamente se puede quedar impasible e indolente ante cualquier agravio verbal por muy brutal que sea. No siempre es fácil, pero se puede lograr.

Y la mejor respuesta al ataque de un agresor verbal es la indiferencia, sin caer en su trampa y sin seguir su malévolo juego.

También hay actos perversos que los otros pueden iniciar en nuestra contra, y para eso no se puede generalizar una respuesta sino que cada asunto, cada persona, y cada circunstancia, tienen sus peculiaridades. En algunos casos se puede lograr que se diluya su efecto si comprendemos que el otro es un ser que no está en sus plenas capacidades, que no está bien, porque si lo estuviera no haría lo que hace, y en ese caso sólo se merece nuestra compasión y nuestro perdón. Otros casos sí requieren una respuesta enérgica: la dignidad de uno debe ser defendida firmemente.

Pero no siempre se debe responder de un modo agresivo, ni tampoco pasivo, a las afrentas. Cada una requiere su propia respuesta y en unos casos hay que valorar el estado enajenado del otro y en otros casos ni siquiera eso es una excusa para tolerarlo. Que cada uno actúe en cada caso como le dicte su conciencia o los aprendizajes extraídos de experiencias similares.

Lo que es recomendable es aceptar que depende de uno, exclusivamente, decidir cómo quiere que le afecten las intenciones ajenas. (Y de esto excluyo las agresiones físicas o psicológicas, que merecen un tratamiento distinto).

Siempre se recomienda contar hasta diez –o hasta cien los que cuentan más rápido- antes de tomar, desde una situación alterada, decisiones de las que podamos arrepentirnos después, cuando su efecto sea ya irreparable.

Si uno recapacita en un momento de objetividad sobre cómo quiere comportarse en estas situaciones en futuras ocasiones tendrá un gran trabajo adelantado para cuando surjan, que es cuando se ha de producir una respuesta que sea acorde con nuestro deseo auténtico y no una explosión descontrolada e inadecuada que luego nos deje una mala sensación.

Si no lo resuelves por ti mismo, busca información fiable o habla con alguna persona que te pueda dar su punto de vista, pero es conveniente no dejar este asunto sin clarificar y actuar inconscientemente cuando se presenta.

Tu enemigo no es quien quiera serlo sino quien tú aceptes como tal.

Y sólo te hiere lo que tú permites que te hiera.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

http://buscandome.es/index.php?page=59

http://lareconexionmexico.ning.com

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